Porque ya no encuentro caminos y los que veo no satisfacen mis expectativas.

Porque creo que el mundo se ha hecho algo hostil, ajeno, fallo, vacío, vacuo y sin propósito ni sentido.

Porque no hallo oídos que entiendan, ni manos que se comprometan, no reconozco el hombro que sostenga, no hallo aprobación en lo que creo posible y mis posibilidades se agotan. 

Entiendo que afuera ya no encontraré respuestas y busco el silencio entre el ruido de mi temerosa mente y me asusta lo que encuentro.

En la sonrisa y también el llanto de otro, en el café, el milo, el vaso de agua, el saludo de abrazo o solo la mano o quizás el codo.

En quien maneja el bus, el taxi, quien te lleva la comida, quien usa o no el tapabocas.
También en los que trabajan tras una ventanilla; atiendan como atiendan, en el mesero, en quien cocina, lava, corta, plancha, barre.
En quien lee y quien no, en quien asume sus tareas y quien no, en quien enseña y quien ignora, en quien señala, juzga y castiga, así aman, así se aman.

Adicto a los hábitos comunes, quizá creyendo que por ser común es bueno, he caido muchas veces en "errores" (aprendizajes) de percepción y pensamiento.

No me extrañes, no me hagas eso, no te hagas eso...

Puede que el cuerpo que dices mio ya no esté allí cerca, a metros o centímetros, puede que ya no sientas en los oídos mis palabras, mis acostumbrados ruidos, mis cuentos, chistes, saludos, gestos y hasta quejas y mal genios.

Puede que ya no sientas mi aroma ni ese aire ni esa aura, que respirabas y sentías cuando si quiera estaba cerca, ese dejo de mi presencia que me caracterizaba.

Y cuando todo eso ocurra y tu mente me añore y tus emociones te recojan y amilanen.